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Soñando en el fin del mundo

Fui periodista y lector… Ahora solo soy lector y aprendiz de viajero. Cuido a mis amigos porque ellos me cuidan a mí. Paseo por el monte, veo partidos de rugby y leo todo lo que cae en mis manos, pero no hago ascos a un viaje ni a una fiesta, en particular si es de rock and roll. Acumulo libros de historia porque sigo creyendo que la realidad es mejor que la ficción y me gustan las estanterías llenas.

  • De izquierda a derecha, Henriette y Joseph Caillaux, y Jean Jaurès.
    De izquierda a derecha, Henriette y Joseph Caillaux, y Jean Jaurès. / Wikipedia

    Este texto se basa en dos artículos publicados originalmente en la serie Batallitas de El Correo en 2013 y 2014

    Francia se lanzó a la Primera Guerra Mundial tras una campaña electoral virulenta, marcada por un crimen pasional y por las calumnias y amenazas contra los políticos partidarios de la paz

    ¿Las guerras comiezan en los periódicos? Es una pregunta retórica, quizás excesiva, pero encaja a la perfección con la crispación y el extremismo políticos provocados en Francia por unas elecciones parlamentarias y un crimen pasional, en medio de los cuales la sociedad francesa se lanzó a la Primera Guerra Mundial durante el verano de 2014.

    Cuando se convocaron aquellos comicios, en marzo, los electores aún estaban abrumados por el recuerdo de Alsacia y Lorena, territorios arrebatados por Alemania en 1871. La sombra de una gran conflagración en Europa se adivinaba desde hacía tiempo en la carrera de armamentos entre Alemania y el Reino Unido, en la inestabilidad que reinaba en la región de los Balcanes y en los debates sobre el papel de Rusia, cuestiones todas ellas que en Francia desencandenaron una oleada de calumnias contra los dos principales partidarios de la paz, el líder socialista Jean Jaurès y el jefe del partido radical y ministro de Finanzas Joseph Caillaux.

    Ambos se oponían a que el servicio militar se prolongara a tres años y fueron tildados de traidores. Jaurès en particular se hizo acreedor a insultos y amenazas por apelar al internacionalismo obrero contra la guerra, un mensaje que, de todos modos, los proletarios europeos ignorarían cuando los llamaran a filas.

    Caillaux, por su parte, no era realmente un pacifista, pero sí defendía un diálogo exigente con Alemania. La derecha francesa lo odiaba por partida doble, porque además de rechazar una mili más larga quería introducir el impuesto sobre la renta.

    A Jaurès y Cailloux los tidaron de defensores del ‘partido alemán’ y los metieron en un tándem contra el que intrigaron los sectores que protegían los préstamos franceses concedidos a Rusia para rearmarse.

    Los comicios se celebraron a dos vueltas en abril y mayo, en vísperas del atentado de Sarajevo del 28 de junio, que desencadenaría un mes más tarde la guerra en Europa. Paradójicamente, tanto Caillaux como Jaurès obtuvieron buenos resultados en las urnas, mientras que los candidatos contrarios a la paz y al impuesto de la renta sufrieron un retroceso.

    Sin embargo, el clima político estaba completamente desquiciado por un escándalo doméstico que había marcado toda la campaña electoral, hipnotizando a los franceses y dejando en un segundo plano la escalada hacia la guerra.

    El escándalo se había iniciado el 13 marzo, a las puertas de las elecciones, cuando el periódico ‘Le Figaro’ publicó una antigua carta de juventud de Joseph Caillaux a su primera esposa, unas impresiones personales políticamente comprometedoras que le escribió cuando ella aún no se había divorciado de su anterior marido para casarse con él.

    Con el tiempo, Cailloux se había unido con otra mujer casada, Henriette Rainouard, con la que finalmente contrajo nuevas nupcias, y fue esta la que leyó las revelaciones sobre el pasado de su marido en la portada de ‘Le Figaro’, difundidas bajo el título ‘Las pruebas de las maquinaciones secretas del señor Caillaux’.

    Cuando el rotativo amenazó con sacar a la luz más cartas privadas del político, Henriette, convencida de que las filtraciones procedían de la anterior cónyuge, tomó una terrible determinación, de la que dejó constancia en una nota dirigida a su marido. «Me has dicho que algún día le cortarás el cuello al innoble Calmette (director de ‘Le Figaro’). He comprendido que tu decisión es irrevocable. Por eso yo también he tomado una decisión. Seré yo quien imparta justicia. Francia y la República te necesitan; seré yo quien cometa el acto (…) Te amo y te abrazo desde lo más hondo de mi corazón».

    El volcán que ardía dentro de Henriette entró en erupción el 16 de marzo, sobre las tres de la tarde, cuando se puso un elegante vestido para asistir a una recepción en la embajada de Italia. En el camino hizo un alto en la famosa armería ‘Gastinne Rennette’ y compró una pequeña pistola ‘Browning’ automática. De allí se fue derecha a las oficinas de ‘Le Figaro’, donde, con la pistola escondida en el manguito, aguardó al director del periódico durante una hora. Cuando Gaston Calmette apareció, le dijo secamente: «Ya sabe por qué he venido».

    La escena fue recreada por los dibujantes de periódicos de la época. La mujer del ministro sacó la ‘Browning’ del manguito y disparó seis veces a bocajarro. Acto seguido huyó, dejando al periodista agonizante, pero fue detenida y confesó.

    El asesinato conmocionó a la opinión pública -Henriette se enfrentaba a la pena capital- y provocó enfrentamientos entre los partidarios de Joseph Caillaux y los ciudadanos de derechas que desaprobaban ciertas conductas privadas de los políticos (se decía que el sexto presidente de la Tercera República, Felix Faure, había muerto en 1899 cuando disfrutaba de sexo oral).

    Los periódicos se inundaron de titulares sobre el asesinato de Calmette, y la crisis de los Balcanes y el atentado de Sarajevo quedaron relegados en el interés del público.

    El juicio de Henriette arrancó el 20 de julio. Durante la semana que duraron las vistas, un gentío se agolpó a diario frente a la sede del periódico sensacionalista ‘Le Matin’, en el Boulevard Poissoniére, para leer las novedades en las ventanas del rotativo y enzarzarse a golpes con el adversario político.

    La publicación ‘L’Action Française’ llegó a escribir: «Caillaux el alemán y la dama que mata». «Cailloux es el apache (delincuente) que ha nacido rico, es el bucanero juerguista, con los pies en el estiércol y las manos en el dinero alemán, cubiertas con la sangre de Calmette que incitó a verter a su mujer. Sigue teniendo buena presencia este presidiario del gobierno, este navajero en buena forma, este traidor que entrega el territorio a cambio de dinero contante y sonante».

    El veredicto se conoció el 28 de julio, el día en que comenzó la Primera Guerra Mundial. Un jurado compuesto solo por hombres absolvió a Henriette por once votos a uno. Concluyó que las noticias sobre su esposo -víctima de una de las campañas de desprestigio más cainitas que se recuerdan- la habían trastornado por completo, arrastrándola irremisiblemente al asesinato.

    En resumidas cuentas, el jurado se creyó la teoría del ‘crime passionel’ esgrimida por el abogado defensor, Fernand Labori, quien explotó con suma habilidad la mentalidad de aquel tiempo.

    Hasta el verdugo que afilaba la guillotina tuvo que quedarse perplejo. Tampoco se lo podían creer los ultramonárquicos de Acción Francesa, que se la tenían jurada a Joseph Caillaux y a su impuesto sobre la renta. En cuanto conocieron la absolución de Henriette, un destacamento policial tuvo que dispersarlos en el palacio de justicia.

    Paralelamente, una comisión parlamentaria había concluido que Joseph Caillaux no tenía ninguna responsabilidad en la tragedia. Las deliberaciones habían sido presididas por el diputado Jean Jaurès, que sería asesinado por un exaltado el 31 de julio, apenas tres días después del veredicto y del comienzo de la guerra.

    Solo las penurias del conflicto bélico pudieron eclipsar la polvareda levantada por el ‘caso Henriette’. Al día siguiente de la absolución, miles de parisinos formaron una fila de un kilómetro y medio de largo a la espera de cambiar su dinero por oro en el Banco Nacional. Los ciudadanos cayeron pronto en la cuenta de que los comercios no aceptaban el papel moneda y la comida no era fácil de conseguir.

    Meses después, cuando la guerra ya estaba en marcha, un joven alférez francés escribió: «Calma fingida de los oficiales que se dejan matar de pie; bayonetas caladas en los fusiles de algunas secciones obstinadas, cornetas que tocan a la carga, dones supremos de heroísmos aislados… No sirve de nada. En un parpadeo parece que toda la virtud del mundo no puede prevalecer contra el fuego».

    El oficial había sido herido el 15 de agosto y se llamaba Charles de Gaulle.

    El asesino de Jaurès sería excarcelado en 1919, el año de la paz de Versalles.

  • La batalla de Culloden.
    Batalla de Culloden. / Wikipedia. David Morier. Dominio público.

    Este texto se publicó originalmente en la serie Batallitas de El Correo en 2014

    La Escocia moderna nació en 1696, poco antes de la unión con Inglaterra, cuando el Parlamento de Edimburgo ordenó que todos los pueblos tuvieran una escuela

    El 8 de junio de 1696, en tiempos del rey Guillermo III, un estudiante de Medicina de 19 años fue ahorcado en Edimburgo por haber negado en público que las Sagradas Escrituras fuesen ciertas. Se llamaba Thomas Aickenhead y fue víctima de la intransigencia de la Iglesia calvinista (Kirk), preponderante en Escocia desde el siglo XVI.

    Fue el último reo ajusticiado en las islas británicas por un delito de blasfemia, y su muerte conmocionó a sus compatriotas, que ya habían conocido la intolerancia del rey católico Carlos II, de la dinastía escocesa de los Estuardo y, anteriormente, la crueldad del dictador puritano (protestante) Oliver Cromwell.

    En 1696 ocurrió en Escocia otro hecho crucial. El Parlamento de Edimburgo aprobó una ley que obligó a todos los municipios a abrir una escuela. «Una extraordinaria decisión política, una decisión adelantada a su tiempo», asegura David Boyle en el libro ‘Talento escocés’ (Editorial Nerea, 2012). El ensayo está dedicado a los pensadores, científicos e ingenieros que contribuyeron al despegue de Escocia durante los siglos XVIII y XIX, y sentaron las bases de la Revolución Industrial.

    Desarrollaron la máquina de vapor, fueron notables y prolíficos inventores, construyeron puentes, abrieron grandes canales, pusieron en marcha acerías, fundaron navieras y levantaron los astilleros de donde zarparon los trasatlánticos ‘Queen Mary’ y ‘Queen Elizabeth’ en el siglo XX.

    Los manuales de Bachillerato están plagados de grandes nombres escoceses. El economista Adam Smith, el filósofo David Hume; el escritor y abogado James Boswell, a la sazón biógrafo y amigo de Samuel Johnson; el ingeniero James Watt, que adaptó la máquina de vapor a la industria; el químico Joseph Black… «Miramos a Escocia para todas las ideas sobre la civilización», escribió Voltaire en el siglo XVIII.

    El origen de aquella época tan brillante -conocida como la Ilustración escocesa- fue doble. El acceso a la enseñanza de las clases populares y el acta de unión con Inglaterra, un cambio instituido en 1707, en tiempos de la reina Ana. Desde entonces, Escocia multiplicó sus exportaciones de grano y pasó a controlar el transporte de tabaco en el Atlántico. Su economía creció y surgió una poderosa clase comercial en Glasgow y Edimburgo, las dos ciudades de la región central del país (Central Belt).

    Los empresarios se reunían en clubes sin que hubiera distinciones entre aristócratas y plebeyos. Las universidades escocesas se orientaron hacia las disciplinas científicas y técnicas, mientras que las inglesas se centraban en los estudios clásicos.

    Pero la modernización de Escocia no contentó a todo el mundo. Chocó con las tradiciones de las Tierras Altas y su viejo sistema de clanes. En 1715 y 1745 se produjeron dos rebeliones contra la corona unida encabezadas por sendos pretendientes de la dinastía Estuardo. Ambas fracasaron, pero la segunda de ellas, liderada por Carlos Eduardo contra el rey Jorge II, de la casa alemana de Hannover, estuvo a punto de triunfar con el apoyo militar de los clanes. Su ejército no sólo avanzó por Escocia, sino que casi entra Londres.

    El levantamiento le pilló a Adam Smith fuera de Escocia. Se encontraba en Oxford y sufría un ataque de ansiedad. Su amigo David Hume, propenso a la depresión, era entonces preceptor de un noble «lunático», según lo describe David Boyle. En Edimburgo, los intelectuales intentaron organizar la resistencia frente a las tropas del pretendiente Estuardo, aunque con escaso éxito. «La defensa fracasó y los voluntarios se retiraron a la taberna Turnbull, a disfrutar del clarete», relata David Boyle.

    La guerra concluyó con la derrota de los rebeldes en la batalla de Culloden (1746). Carlos Eduardo, conocido como Bonnie Prince Charlie, huyó en barco disfrazado de doncella, «con un vestido de flores y un delantal blanco», y no regresó.

    Escocia fue escenario de una feroz represión; los clanes fueron desarmados y sus caudillos acabaron en el exilio. Se construyeron caminos en las Tierras Altas, donde hasta entonces las comunicaciones sólo eran por mar o a través de los lagos. Más adelante, como gesto de reconciliación, los reyes británicos decidieron pasar los veranos en Balmoral y vestir a la usanza escocesa.

    La religión y las simpatías políticas se mezclaron en la Escocia del XVIII. Los calvinistas apoyaban la unión con Inglaterra. En cambio, los episcopalianos (versión escocesa de la religión anglicana) recelaban de la unión y de la dinastía de los Hannover, rechazo este último que compatían con los tories ingleses. Por último, los católicos romanos formaban un grupo minoritario y confinado en las brumosas Tierras Altas de lengua gaélica.

    La vida continuó tras la derrota de los clanes. A finales del XVIII, Escocia era el país más alfabetizado de Europa. Gracias a la creación de las escuelas había dado un salto educativo que Inglaterra no igualó hasta la década de 1880 y que luego imitó Alemania. Ese salto lo habían hecho posible dos rasgos característicos de la religión calvinista: su sentido práctico y el igualitarismo de sus asambleas. Eran dos señas de identidad que coexistían con el radicalismo teológico y la intransigencia que condujeron al joven Aickenhead al cadalso en 1696.

    «El resultado (del impulso a la enseñanza) fue una explosión literaria», escribe David Boyle. «En poco tiempo, cada localidad disfrutaba de una biblioteca donde la gente podía tomar libros prestados. Cualquiera que dispusiera de sus propios ahorros podía adquirir su propia colección de libros».

    Los clubes de debate florecieron. En 1762 se creó en Edimburgo una sociedad que originalmente iba a discutir la oportunidad de crear una milicia escocesa. Adam Smith la llamó ‘Poker Club’ para no herir susceptibilidades. Sus miembros acudían de dos a seis de la tarde a comer y a tomar jerez y clarete. Además de Adam Smith, se reunían el sociólogo Adam Ferguson; el físico, ingeniero y filósofo John Robison, el químico Joseph Black y David Hume, a quien el contacto con sus amigos (y con el jerez) hacían más llevadera su depresión filosófica.

    Tanto Hume como Smith, que se conocieron en 1750, eran dos solterones un tanto chiflados. El segundo, autor de ‘La riqueza de las naciones’, era narigudo, maniático, sufría un problema de dicción y era increíblemente distraído. A veces hablaba para sí en presencia de otras personas y acostumbraba a apilar los libros uno encima de otro. «En una ocasión -relata David Boyle- salió de casa en camisón y soñando despierto llegó a caminar 24 kilómetros, hasta que el sonido de las campanas de una iglesia le hizo volver en sí».

    Adam Smith escribió frases hoy ignoradas por sus teóricos admiradores. «Los ricos deberían contribuir al gasto público no sólo en proporción a sus ingresos, sino en mayor medida». Y también: «Cada impuesto, por otra parte, es, para quien lo paga, una seña de libertad, no de esclavitud».

    David Hume no andaba a la zaga en extravagancias. Filósofo escéptico, sostenía que la ciencia sólo debe basarse en hechos. Pero era tan descreído que ponía en duda que la repetición de un fenómeno en el tiempo sea una garantía de que se vaya a producir de nuevo. «No hay pruebas de que el sol vaya a salir de nuevo porque así haya sido hasta ahora», aseguraba. Ese escepticismo radical se puso a prueba el día que Hume se cayó en una ciénaga en Edimburgo camino de su residencia. Una mujer se acercó a auxiliarlo, pero cuando se enteró de que se trataba del filósofo ateo permaneció sin hacer nada hasta que él aceptó rezar un Padrenuestro.

    Mientras tanto, las Tierras Altas se iban transformando y sus tradiciones perdían terreno. El escritor James Boswell, que fue alumno de Adam Smith, recorrió la región en 1773 en compañía del escritor inglés Samuel Johnson, quien dejó una descripción de los lugares visitados y abundantes reflexiones en su libro ‘Viaje a las islas occidentales de Escocia’.

    «Sucede a veces -escribió Johnson- que por conquista, amalgama o gradual refinamiento, las partes más cultivadas de un país cambian de lengua. Los montañeses se convierten entonces una nación diferenciada, desprovista de toda comunicación con sus vecinos por el distinto idioma. Así subsisten todavía el cántabro originario de Vizcaya (sic) y el antiguo sueco en Dalaercalia. Así Gales y las Tierras Altas de Escocia hablan la lengua de los primeros habitantes de Bretaña, mientras que las otras partes han recibido primero el sajón y después el francés en algún grado, y formado en fin una tercera lengua entre todas ellas».

    Samuel Johnson no creía que las costumbres de una nación perduren porque se hable «la lengua primigenia». Opinaba que el primitivismo de los montañeses de Escocia se debía a su situación concreta más que a la herencia de los antepasados. Pero se curó en salud al concluir su libro: «La novedad y la ignorancia se hallan siempre en relación inversa y soy muy consciente de que mis opiniones sobre las costumbres nacionales son las propias de alguien que no ha visto muchas cosas».

  • Vista de los Cairnworms, en el noreste de Escocia.
    Vista de los Cairngorms, en el noreste de Escocia. / Wikipedia

    Un libro olvidado de la escritora escocesa Nan Shepherd describe un modo de entender el montañismo que no se obsesiona con la cima, sino que busca la compañía del paisaje, «igual que se visita a un amigo»

    Es una joya olvidada de la ‘nature writing’, la literatura de la naturaleza que cosecha un éxito creciente entre los lectores. Lleva por título ‘La montaña viva’ y fue escrita a finales de la Segunda Guerra Mundial por Nan Shepherd (1893-1981), una profesora escocesa de Literatura que se había hecho popular con tres novelas en los años treinta del siglo pasado; aunque el libro al que nos referimos aquí es una obra distinta: un ensayo sobre sus experiencias en el macizo de los Cairngorms, en el noreste de Escocia. 

    El texto original permaneció metido en un cajón durante tres décadas hasta que vio la luz en 1977. La editorial Errata Naturae lo ha publicado en castellano, con un estudio previo del escritor Robert Macfarlane, referente de los aficionados al senderismo y la literatura.

    Los Cairngorms están formados por varias mesetas de entre 1.000 y 1.200 metros de altitud, de las cuales afloran varias cimas (la más alta es Ben Macdhui, 1.309 metros). Declarados parque nacional desde 2003, Nan Shepherd los recorrió a lo largo de su vida y los describió en su ensayo con minuciosidad y poesía, logrando que paisajes y sensaciones converjan sobre una idea central: el montañero y la montaña –la roca, el agua, las plantas, la fauna, la niebla, la ventisca, las tragedias– forman una misma cosa.

    La filosofía oriental recorre estas páginas, de magistral hermosura y que contienen reflexiones atinadas y plenamente vigentes sobre los caminantes y sobre su relación con el medio, ese escenario en el que tantos encuentran la plenitud y unos cuantos la muerte.

    Retrato de Nan Shepherd en un billete de cinco libras escocesas.
    Retrato de Nan Shepherd en un billete de cinco libras escocesas. / Wikipedia

    Los amantes de los espacios abiertos se identificarán con la forma en que Shepherd contempla la montaña, una visión alejada de la de otros autores centrados en la conquista de la cima. A ella le interesa la observación serena del entorno, mientras otros piensan que las cumbres son una excusa para las competiciones. 

    «Enfrentarse a la montaña es algo necesario para todo alpinista; pero enfrentarse simplemente a otros ‘jugadores’ y convertirlo en una carrera es reducir al nivel de un juego lo que es, en esencia, una experiencia vital», se lamenta.

    La escritora cree que a los apasionados de las alturas los aqueja una enfermedad que «subvierte la voluntad y se impone a la sensatez», y de la que «nunca pedirán curarse». Los síntomas evidentes son la inclinación por los parajes silenciosos y la soledad. Aunque Sepherd considera excesivo calificar esos sentimientos de místicos, no rechaza el adjetivo del todo si se usa de forma coloquial.

    «Para un espectador ajeno, ver cómo alguien camina con seguridad por sitios tan peligrosos recuerda más al paso decidido de ciertos condenados a muerte».

    «De hecho –explica la autora–, hablando con todo tipo de gente que me cruzo por casualidad en la montaña, me doy cuenta de que la enfermedad del misticismo montañero ataca sin hacer distinciones». 

    Es una especie de locura crónica que lleva a buscar la compañía de las estrellas en circunstancias en las que cualquiera acaba creyéndose todas las leyendas de Escocia juntas. A la escritora no le extraña en absoluto tal alucinacion. «La magia, las hadas y la brujería no están hechas para quienes se quedan en la cama hasta las ocho».

    Según Sepherd, un buen compañero de caminata es «aquel cuya identidad se fusiona con la naturaleza, al igual que sientes que ocurre con la tuya. Así -prosigue-, la charla que surge forma parte de una vida en común y no puede ser ajena». De todos modos, eso no significa que una conversación en la montaña deba girar forzosamente sobre ella. «Pero escuchar es mejor que hablar».

    Son los habladores y principiantes, gremio este último al que Shepherd confiesa haber pertenecido, los que acostumbran a buscar la gran panorámica o una gran cima cuando la recompensa puede estar en otra parte. «A menudo, la montaña se entrega por completo cuando no tengo destino alguno, cuando no llego a ningún sitio en concreto, sino que he salido simplemente para estar con ella, igual que se visita a un amigo sin más intención que la de estar con él».

    En esa relación de camaradería, los sentidos no dejan de actuar y todo llama la atención: la luz, el aire, la flora, los pájaros, los ciervos… A todos ellos dedica Sepherd unas páginas aparte. 

    «Estas huellas (de los animales) hacen que los paseos invernales por la montaña proporcionen un placer especial. Te ves acompañada, aunque no en el tiempo. Por aquí han pasado una liebre saltando, otra trotando…». Pero la escritora no se detiene únicamente en el placer de caminar, sino en esos otros momentos dramáticos en los que los alpinistas, lejos de llegar al éxtasis, caen en una trampa mortal.

    «La ventisca es la situación más letal que se puede dar en estas montañas (Cairngorms). Lo que ha de temerse es el viento, más incluso que la propia nieve». El hecho de que una borrasca se pueda cobrar las vidas del hombre o la mujer más experimentados es una realidad que, en opinión de la autora, nadie debe juzgar. «Es el riesgo que todos debemos asumir cuando aceptamos la responsabilidad individual sobre nosotros mismos en la montaña y, hasta que no lo hemos hecho, no empezamos a entenderlo».

    Sin embargo, reconoce Sepherd, los habitantes de los Cairngorms son menos complacientes con esas actitudes. Asumen que a algunos les guste caminar en medio de la oscuridad o dormir a la intemperie, pero no soportan a los irresponsables. «Hacia el alpinismo invernal no muestran más que repulsa», asegura la escritora. «… y hablan con amargo realismo de los alocados jóvenes que juegan con la vida humana despreciando las advertencias que se les hacen. Sin embargo, si una persona no vuelve, salen a buscarla con paciencia, obstinación y habilidad, a menudo en unas condiciones meteorológicas espantosas, y cuando ya no queda esperanza de que la persona siga con vida, buscan el cuerpo sin descanso».

    En esas operaciones de rescate aparecen de repente individuos corrientes que descubren una faceta insospechada… Eran montañeros ocultos detrás de profesiones rutinarias. 

  • Un cruz recuerda a las víctimas del atentado del IRA en Mullaghmore, condado de Sligo./  Wikipedia.
    Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional .

    Este texto se publicó originalmente en la serie Batallitas de El Correo en 2015

    Casi un siglo después de la partición de Irlanda, el príncipe y futuro rey Carlos de Inglaterra pasó página con Gerry Adams, dirigente de los terroristas del IRA que asesinaron a su tío abuelo Lord Mountbatten

    Hay instantes tensos que, a pesar de las crueldades y de las bajezas que esconden, se pierden en la bruma de la historia. Quizá sea uno de ellos la conversación que mantuvieron en 2015 el entonces príncipe Carlos y Gerry Adams, uno de los jefes militares del IRA cuando esa organización asesinó al tío abuelo del primero, Lord Mountbatten de Birmania.

    Ambos charlaron durante un cuarto de hora en la Universidad de Galway, en el oeste de Irlanda. Ese otoño cumplieron 67 años, la edad de la jubilación en España. Adams sopló las velas en octubre y Carlos, en noviembre. Apenas tenían 30 años cuando el IRA reventó con 25 kilos de dinamita la lancha ‘Shadow V’ en el condado irlandés de Sligo en agosto de 1979. Los pasajeros salieron proyectados de la embarcación. Murieron Mountbatten, un nieto suyo, lady Brabourne y el timonel, un muchacho de 15 años.

    La visita de Carlos a Irlanda era una ocasión como otra cualquiera para, treinta y seis años después, tener un gesto hacia los asesinos. Entonces se ponía en duda que llegara a ser rey, como finalmente ocurrió; más bien parecía una figura amortizada para la Corona británica, propensa a decir lo que pensaba. Se había divorciado de su primera mujer, que murió años después en un accidente de tráfico en París, y se había vuelto a casar con una antigua novia, también divorciada, con la que había sido infiel.

    Gerry Adams había cambiado el terrorismo por la política, y en tiempos de crisis eso significaba recurrir a la demagogia en busca de votos, un viaje para el que posiblemente no hacían falta tantas alforjas.

    Los dos protagonizaron un momento extraño en Galway, seguido de otra imagen rara de Carlos de pie frente al mar en Sligo. Los periódicos hablaban de reconciliación, palabra fácil de pronunciar, difícil de digerir. Como pasa con tantas miserias de la vida, se trataba de buscar una excusa para pasar página y una taza de café la proporcionó.

    Hay que atrasar el calendario un siglo para encontrar otro episodio tan extraño como el encuentro de Carlos con Gerry Adams. Hay que viajar a 1921 y escuchar la conversación entre Winston Churchill, entonces ministro británico de las Colonias, y uno de los líderes del IRA de aquella época, Michael Collins, en la casa londinense del primero.

    Ambos participaban en las conversaciones previas al Tratado de Paz angloirlandés, que debía sentar las bases del entendimiento entre el Gobierno británico y los patriotas irlandeses; pero como el acuerdo contemplaba la separación del Ulster del resto de Irlanda acabó siendo la semilla de una guerra civil irlandesa en los años veinte del siglo pasado y del terrorismo a partir de los setenta.

    Aquel día se oyó una risotada de Collins en la residencia de Churchill.

    Churchill no era conservador en esa época. Estaba con los los liberales, en el Gobierno de Lloyd George. A sus 47 años había conocido Afganistán, la guerra de El Mahdi, en Sudán, y la de los boers en Suráfrica. Había vivido la Primera Guerra Mundial y lo responsabilizaban del desastre militar de Gallipoli.

    Collins era el jefe militar de los fenianos, algunos de los cuales habían combatido codo con codo con soldados británicos en las trincheras de Francia. Pero él les había ordenado derramar después mucha sangre británica en Irlanda. En 1921 tenía 31 años, casi la misma edad que Gerry Adams cuando el IRA asesinó a Lord Mountbatten. Hoy se le consideraría un hombre joven.

    A los dos los acompañaba Lord Birkenhead, otro ministro del Gobierno de Lloyd George y feroz antiirlandés que, sin embargo, acabó implicándose en el proceso de paz y escribiendo parte del acuerdo final. El grupo esperaba a que en el piso de arriba terminaran de conversar a solas Lloyd George, un abogado galés singular, y el jefe de la delegación irlandesa, el también abogado Arthur Griffith.

    A Churchill le gustó que este último fuera, como él, un erudito enamorado de la historia europea. Le llamó la atención que hablara poco, siendo irlandés, y que nunca cambiara de opinión. De Michael Collins, impulsivo e irascible, dijo que era un irlandés de palabra.

    Flotaban en el ambiente las salvajadas perpetradas por los patriotas fenianos y los ‘black and tans’, paramilitares británicos que respondían a los crímenes de los primeros con más crímenes. Era difícil concebir mayor crueldad por ambos bandos, y los negociadores estaban metidos como en una cápsula, presionados cuando no odiados por sus respectivos correligionarios.

    Churchill relata en su libro ‘Pensamientos y aventuras’, escrito en los años treinta del siglo pasado, que Collins estaba de malas pulgas el día que fue a su casa. El tortuoso Eamon de Valera, presidente de la autoproclamada República de Irlanda, le había metido en la delegación encargada de parlamentar en Londres, pero él no se consideraba un político, sino un soldado, aunque inspiraba respeto a todo el movimiento irlandés, incluso a los intransigentes que más tarde lo consideraron un traidor por aceptar la partición de Irlanda. Por si no fuera suficiente, las conversaciones no iban bien, y de todos modos, si acababan fructificando, Collins sabía perfectamente que los suyos lo matarían, como de hecho ocurrió. Así que el jefe del IRA estalló.

    -¡Me perseguisteis día y noche! ¡Habéis llegado a poner precio a mi cabeza!, gritó. Churchill respondió: «Espere un minuto. No es usted el único». A continuación dirigió la vista a la pared en la que exhibía, enmarcado, el cartel de la recompensa que los boers ofrecieron por él cuando se escapó de un campo de prisioneros en Suráfrica, una acción en la que, se decía, había exagerado su papel.

    Los surafricanos no daban por Churchill más que 25 libras. En cambio, Collins pensaba que el Reino Unido había ofrecido 5.000 por su captura. No debía de ser cierto, pero Churchill lo ignoraba y lo dio por bueno.

    «Compare (sus 5.000 libras) con mis 25 libras, muerto o vivo. ¿Que le parecería a usted eso?», preguntó Churchill. Michel Collins leyó el papel y se le escapó una carcajada.

    «Toda su irritación desapareció -escribió su anfitrión-. Sostuvimos una conversación amistosa y desde entonces, aunque debo reconocer que íntimamente existió siempre un abismo entre nosotros, jamás en lo que yo recuerdo perdimos la base de una mutua inteligencia».

    Collins firmó el tratado de paz consciente de que llevaba implícita su sentencia de muerte, dictada por los extremistas irlandeses opuestos al acuerdo. «Mi muerte prestará a la paz mayores servicios que mi vida», le dijo a Churchill, que quedó impresionado.

    PD: Winston Churchill le dijo a Arthur Griffith durante las negociaciones de 1921: «A mí me hubiera gustado derrotarles a ustedes por completo, y concederles después espontáneamente todo lo que ahora les damos (el Estado libre de Irlanda, dentro de la Corona británica, antesala de la independencia)».

    Respuesta de Griffith: «Lo comprendo, pero ¿opinarían lo mismo sus compatriotas?».

    Después del acuerdo, en 1922, Arthur Griffith murió de un ataque al corazón.

    Diez días más tarde, Collins fue asesinado en la guerra civil irlandesa.

    En 1922, a Churchill lo operaron de apendicitis y perdió las elecciones. En 1940 fue primer ministro en plena Segunda Guerra Mundial.

    En 1945, Eamon de Valera, cumpliendo con la neutralidad de Irlanda con la lógica de matemático profesional, dejó perplejos a todos enviando un telegrama de condolencia a Alemania por la muerte de Hitler.

    En 2015, el príncipe Carlos contempló el mar en Sligo. Su segunda esposa le había acompañado a Irlanda.

    Gerry Adams intentaba ganar unas elecciones.

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  • Churchill, en el Despacho Oval con el presidente Harry Truman.

    Este texto se publicó originalmente en la serie Batallitas de El Correo en 2017

    Los líderes de la extrema derecha intentan aprovecharse del recuerdo del primer ministro británico, a pesar de que este defendió lo contrario que muchos políticos populistas

    El presidente Donald Trump ha vuelto a colocar el busto de bronce de Churchill en un lugar visible del Despacho Oval, después de que su predecesor, Joe Biden, lo retirara de allí. Trump lo ha hecho para proyectar una imagen de liderazgo, lo que demuestra que, más de medio siglo después de su muerte, el primer ministro británico sigue siendo visto como un modelo de determinación y dotes de mando.

    Sin embargo, quienes reivindican su figura desde la derecha no dan la impresión de conocerla bien, porque Churchill defendió políticas opuestas a las que Trump quiere poner en marcha en EEUU, y por supuesto opuestas a las que propugna el aliado del magnate inmobiliario estadounidense en el Reino Unido, Nigel Farage, que fue quien le aconsejó reponer la escultura de su ilustre compatriota durante su primer mandato en la Casa Blanca.

    Churchill pensaba lo contrario que la extrema derecha europea de nuestros días, la que apoyó el ‘sí’ al Brexit en el Reino Unido, la que intenta erosionar las instituciones democráticas en Europa y la que desafía a los poderes de la República y propugna el proteccionismo en EEUU. Sirva de ejemplo la carta que el estadista británico escribió a un elector en 1902, cuando empezaba en política. «Nuestro planeta no es muy grande comparado con otros cuerpos celestes; no veo ninguna razón particular por la que debamos dedicarnos a crear dentro de nuestro planeta otro más pequeño llamado imperio británico, separado por un espacio infranqueable de todo lo demás».

    En suma, Churchill se alineó con el libre comercio desde que era joven y lo hizo mucho más tarde, al acabar la Segunda Guerra Mundial. De modo que, si merece un lugar en la Casa Blanca, no es porque lo diga Trump, sino porque el presidente John F. Kennedy lo nombró ciudadano honorario de Estados Unidos en 1963. No guarda parentesco alguno con el tipo de gobernante que se está creando en X. Su medio natural lo constituyeron los usos parlamentarios del Reino Unido, y la radio y la prensa tradicionales, mientras que Donald Trump se comunica directamente con los votantes a través de las redes sociales y cada mañana lanza una consigna a los estadounidenses, asustados y divididos. Sus mensajes son plebiscitos digitales distintos de los discursos radiofónicos de Churchill. La gente los ha empezado a comparar con la novela ‘1984’, de George Orwell.

    Retrocedamos, pues, a la época de Orwell, al periodo de entreguerras y al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Winston Spencer Churchill (1874-1965) acaba de tomar las riendas del Reino Unido, un país atemorizado, pero razonablemente unido en torno a sus instituciones. Ha reemplazado al primer ministro electo (Neville Chamberlain) y se enfrenta a Adolf Hitler, un maestro en el manejo de la propaganda. No es un buen actor, como el dictador alemán, pero conoce la oratoria, es minucioso al redactar los discursos, los memoriza cuidadosamente. En su cabeza resuenan las frases de Edward Gibbon en ‘La historia de la decadencia y caída del Imperio Romano’.

    El 13 de mayo de 1940, el primer día que Churchill compareció en la Cámara de los Comunes como jefe de Gobierno, confesó: «No voy a durar mucho». No era el líder carismático que conocemos hoy, sino un político discutido que tuvo que construirse un prestigio sobre una trayectoria larga, pero muy controvertida. A lo largo de cuatro décadas había sido parlamentario conservador, luego liberal y nuevamente tory. Lo habían nombrado secretario y ministro en diferentes gobiernos. Había conocido sonados fracasos como el desastre militar de Gallipoli en la Primera Guerra Mundial (quedó marcado como el culpable de la operación), pero pudo resurgir de sus cenizas.

    El premier británico también había publicado innumerables libros. En una ocasión dijo: «Escribir un libro es una aventura. Al principio es un juguete y una diversión. Luego se trueca en una amante, luego en un amo, y luego en un tirano…». Sabía de qué hablaba porque antes de entrar en política había sido periodista, escritor y conferenciante, oficios que nunca abandonó. Su meta no era literaria (sólo escribió una novela en su vida, en su juventud), sino procurarse un generoso sustento; pero le dieron el Premio Nobel de Literatura después de publicar sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, aunque no por esa obra.

    Por supuesto, escribiendo consiguió algo más que el Nobel. Logró notoriedad y echó carbón a la hoguera de su ego. Lo necesitaba porque los inicios de su carrera no fueron prometedores. Fue un estudiante mediocre y no acudió a la universidad, sino a la academia militar de Sandhurst, donde alcanzó el grado de oficial de caballería, un logro pobre dentro del ejército. Pero tenía un don que le fue de gran utilidad. Era difícil encontrar un alumno de Oxford que hubiera leído más que él; sobre todo clásicos de historia que devoró en las horas muertas del servicio militar en la India, a finales del XIX.

    Churchill era curioso y autodidacta, lo absorbía todo como una esponja. Desde el principio escribió en los periódicos para cubrir los gastos de la milicia. Por eso buscaba buenos teatros de operaciones, lugares donde ocurrieran cosas interesantes.

    Había cumplido esa máxima, la de estar presente en lugares interesantes, desde el instante mismo en que nació, en el palacio de Blenheim, en el seno de una familia singular. Su madre era la atractiva Jennie Jerome, hija de un acaudalado estadounidense accionista del ‘New York Times’. Su padre era lord Randolph, un parlamentario tory cuyo linaje se remontaba al primer duque de Marlborough. Winston no heredó por poco ese título, instituido por un noble inglés del siglo XVIII que se llamaba John Churchill y había luchado en la Guerra de Sucesión (en España es conocido por la canción: ‘Mambrú se fue a la guerra’).

    Lord Randolph siempre dudó de que su hijo llegara a sobresalir en nada, pero no pudo comprobar si estaba en lo cierto porque murió pronto. Fue la madre la que procuró al joven Winston las conexiones necesarias para que el ejército lo movilizara durante tres años frenéticos (1895-1898), en los que intentó llamar la atención a toda costa.

    A los 21 años, enterrado su padre, Churchill aparece en la guerra de Cuba. En la India combate a los pastunes afganos, antecesores de los talibanes. En ambos casos aprovecha la doble condición de militar y de reportero contratado por periódicos de la metrópoli. Con esas credenciales se sumará a la expedición del general Kitchener contra el Madhi, el líder musulmán de Sudán a quien hoy emulan Al Qaeda y del Estado Islámico. Más adelante, a Churchill lo harán prisionero en la guerra de los bóers en Suráfrica, durante el asalto de una partida de afrikaners a un tren británico; pero escapará a Mozambique (no está claro si dejó a unos compañeros en la estacada), y la fuga lo catapulta a la fama en el Reino Unido. Llegará a pasearse en bicicleta por Pretoria cuando todavía merodean los bóers.

    De todas esas peripecias, Churchill dejó una estela de crónicas periodísticas y ensayos que, además de componer un fresco del final de la era victoriana, fueron su trampolín para saltar a la política. A partir de ese momento no habrá episodio histórico de relieve en el siglo XX en el que él no esté presente, unas veces como héroe, otras equivocándose.

    Esa nueva etapa comenzó en 1900, cuando Churchill tenía 26 años y ganó un escaño tory en el distrito de Oldham. Desde el principio le reprocharon su ambición, y no sin motivos, ya que en 1904, en cuanto los conservadores perdieron apoyos electorales, no dudó en pasarse a los liberales. Antes ya se había codeado con un puñado de tories rebeldes conocidos como los ‘Hughligans’ (por uno de sus miembros, Hugh Cecil). Los biógrafos de Churchill han trazado paralelismos entre ese grupo y una corriente díscola que en su día creó su padre dentro del partido conservador. Cuando a Lord Randolph le preguntaron en qué consistía su ideario reconoció que se trataba de oportunismo. A su hijo lo criticarían por lo mismo.

    Sin embargo, el oportunismo de Churchill no era el de la derecha populista de nuestros días. No se puede negar en 1904 se mudó de partido cuando se convenció de que con los liberales le iría mejor. Pero discrepaba del proteccionismo que defendían los tories y siguió rechazándolo décadas después. Su visión del mundo y el apoyo que dio a la construcción europea en los años cincuenta del siglo pasado están, a pesar de las reticencias británicas a la UE, que posiblemente Chuchill compartiría ahora, en las antípodas de Nigel Farage y de Trump, por mucho que estos intenten aprovecharse hoy de un viejo busto de bronce.

  • Imagen de la película 'La caída del Imperio Romano'.
    Imagen de la película ‘La caída del Imperio Romano’.

    Este texto se publicó originalmente en la serie Batallitas de El Correo en 2015

    Todo ideario político sostiene que un personaje o un hecho de tal o cual siglo le da la razón. ¿No es mejor leer historia para entender al otro?

    Yo tuve un profesor de Historia en Bachilerato que soltaba frases lapidarias en clase para rescatar a los alumnos del sopor de las tardes de primavera. Un día abrió un viejo manual y leyó un fragmento que narraba con dramatismo cómo los barbaros se adueñaron del Imperio Romano en la Antigüedad. No era una sucesión de migraciones a lo largo de varios siglos, sino que todo se resolvía en una noche de invierno.

    Feroces guerreros se sumergían hasta la barbilla en las aguas heladas del Rin; las hachas y las espadas brillaban sobre sus cabezas a la luz de la luna… El relato nos dejó a los estudiantes en vilo, porque se avecinaba una degollina de las que hacen época. Cuellos de legionarios indefensos iban a ser rebanados sin piedad por salvajes greñudos; miembros amputados, estremecedores aullidos de dolor, sangre a borbotones…

    «¿Qué les parece?», preguntó el docente de improviso. «El autor de este texto -continuó- describe la caída del Imperio Romano como si fuera el desembarco de Normandía, pero sin apoyo aéreo».

    Han pasado casi cincuenta años desde que escuché las palabras de aquel brillante profesor, palabras que jamás olvidaré, y sus colegas aún discuten sobre cómo impartir la asignatura de Historia. Ni siquiera sabemos en qué consiste, aunque periodistas, tertulianos y novelistas nos muestran estos días de qué forma se puede utilizar. El Ministerio de Educación observa con desdén y aire de superioridad los manuales escolares editados por las autonomías, sean históricas o no, y no le falta razón, pues esos tochos que ningún muchacho es capaz de digerir a pesar de su despliegue visual parecen dirigidos a justificar querellas del presente y no a describir la complejidad del pasado.

    Pero también cabe preguntarse legítimamente en virtud de qué título alguien es propietario del ‘copyright’ de Indíbil y Mandonio, Viriato, Recaredo, Alfonso X el Sabio, Isabel y Fernando, Carlos V, Felipe II, Carlos III…

    Cualquier proyecto político puede encontrar un argumento de peso para sus tesis, sólo hay que rebuscar en el siglo apropiado y darle un significado concreto a este o aquel reinado, a esta o aquella revuelta popular.

    «Usamos la historia para entendernos a nosotros mismos y deberíamos usarla para entender a los otros», dice Margaret MacMillan en su libro ‘Usos y abusos de la Historia’ (Ariel, 2010). Esa idea la puso en práctica Nelson Mandela cuando decidió aprender en prisión la lengua y el pasado de los boers a fin de conocer mejor a sus carceleros. Gracias ese esfuerzo pudo negociar un arreglo con ellos.

    Así se cerró un trágico expediente que había comenzado casi un siglo antes, cuando el militar y filósofo Jan Smuts y Winston Churchill, entonces un arrogante periodista enamorado de la historia, se combatieron en la guerra angloboer, lo que no impidió que ambos se hicieran amigos al firmar la paz. Unas décadas después el apartheid se adueñó de Suráfrica y luego Mandela lo derrotó leyendo libros sobre sus enemigos.

    ¿La lectura de la historia cambió a Suráfrica? Es mucho decir, aunque la ciencia enseña que el mero lenguaje abstracto (el simple acto de leer) favorece la empatía, ponerse en el lugar del otro, mientras que el lenguaje visual es indicado para las emociones, razón por la cual (y esto es una baladronada) lo empleaban los hombres de las cavernas y la plebe en la Edad Media, por citar dos casos palmarios.

    Quizá lo que Suráfrica, Churchill, Smuts y Mandela demuestran es que no hay situación que no pueda empeorar y al mismo tiempo conflicto imposible de encauzar; no hay afrenta que de un modo u otro no encuentre algún tipo de reparación, aunque para lograrlo sea necesario conocer de dónde viene el adversario y adónde quiere ir.

    Pero comprender eso requiere cierta disposición de ánimo. «En los países que, por el motivo que sea, carecen de confianza en sí mismos, la enseñanza de la historia puede ser un tema más sensible todavía», avisa Margaret MacMillan. Y añade: «Podemos aprender de la historia, pero también engañarnos a nosotros mismos cuando buscamos selectivamente pruebas en el pasado para justificar lo que ya hemos decidido hacer».

    Todos corremos el riesgo de deslizarnos por esa pendiente para apuntalar las propias creencias. Por eso me gusta recordar a mi profesor de Bachillerato y a los bárbaros. Me gustan esos libros olvidados en el sótano de las bibliotecas que relatan los hechos con estilo narrativo y los ordenan cronológicamente, sin aditamentos ni interpretaciones anacrónicos, simplemente separando las leyendas de los hechos desnudos. Libros que describen la desmesura de los héroes y villanos, no del todo rigurosos, pero atinados en lo esencial, deliciosamente escritos, y que, como decía Edward Gibbon, llevan un registro minucioso de «los crímenes, locuras y desgracias de la humanidad». Esas son las aventuras que pueden despertar en los adolescentes el hábito de la lectura, la curiosidad por lo que les rodea y la inclinación a las ideas nobles. «…. la caída del Imperio Romano como si fuera el desembarco de Normandía, pero sin apoyo aéreo». Genial.

  • Prisioneros musulmanes en el campo de Zossen durante la oración. / Dominio público

    Este texto se publicó en la serie Batallitas de El Correo en 2015

    Durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes confinaron cerca de Berlín a prisioneros musulmanes de los ejércitos francés y británico para animarlos a cambiar de bando y adoctrinarlos en la yihad, una estrategia imitada por Occidente un siglo después, que está en el origen de los grandes desastres de nuestra época.

    Resulta paradójico que la Alemania que combatió al Estado Islámico en coalición con Francia e Inglaterra, y que pidió a Arabia Saudí que dejara de financiar las mezquitas integristas, fue la que fomentó la yihad durante la Primera Guerra Mundial. Entonces lo hizo para debilitar a sus enemigos, franceses, ingleses y rusos que gobernaban a decenas de millones de fieles de Mahoma en sus respectivos imperios, aunque aquella intentona fue neutralizada por Londres, París y Moscú (no así otra idea de la inteligencia germana de enviar a Lenin a Rusia para desencadenar una revolución).

    De todos modos, el llamamiento alemán a la yihad provocó un buen número de deserciones en los bandos francés y británico, y permitió reclutar combatientes islámicos a fin de que lucharan en Oriente Próximo del lado de Turquía, aliada de las Potencias Centrales (Alemania y Austria Hungría).

    Sin embargo, ese no era objetivo último de la manipulación del Islam y su utilización como arma de guerra. El verdadero propósito era la ‘Islampolitik’ que Berlín había puesto en marcha unas décadas antes y que consistía, a más largo plazo, en fomentar rebeliones musulmanas en las colonias africanas de Francia y Reino Unido, en la India británica y en el Cáucaso de Rusia, a fin de socavar esos tres imperios.

    Inspirada en consideraciones geopolíticas, la ‘Islampolitik’ tampoco tuvo éxito en aquella época, si bien la inteligencia estadounidense la recuperó en los años ochenta del siglo pasado para ensayarla en Afganistán contra la Unión Soviética, desencadenando una catarata de catástrofes colaterales que culminaron en el 11-S.

    Los últimos capítulos de esa estrategia lo protagonizarían los radicales de Hamas promovidos por Israel para desestabilizar a la Autoridad Nacional Palestina, y unos años antes Al Qaeda, el Estado Islámico y demás grupos extremistas que, tras haber sido apoyados por Occidente para derrocar gobiernos, convirtieron Oriente Próximo, el norte de África y el Sahel en un caos.

    Con la perspectiva que da un siglo de distancia, el experimento de atizar el fanatismo religioso durante la Primera Guerra Mundial llama la atención porque se gestó en uno de los escenarios más curiosos que hoy cabe imaginar: un campo de prisioneros levantado no lejos Berlín, en el distrito Wündorsf-Zossen, actual lander de Brandeburgo, donde a finales de 1914 los alemanes comenzaron a internar a soldados musulmanes norteafricanos e indios de los ejércitos francés y británico capturados en el frente europeo occidental.

    El lugar era conocido como el campamento de la Media Luna (Halbmondlager, en alemán). Los guardianes hablaban árabe y proporcionaban comida preparada según los preceptos islámicos. El propio káiser Guillermo II construyó una mezquita para los cautivos, muchos de ellos campesinos reclutados expeditivamente en sus colonias de origen, a los que se bombardeaba con llamamientos a la solidaridad musulmana con un fin inmediato: animarlos a enrolarse en el Ejército otomano.

    El régimen de los ‘Jóvenes Turcos’, que había entrado en la Primera Guerra Mundial como aliado del emperador, era laico y reformista, pero conocía el poder de la religión y no vaciló en sacar provecho de él (el sultán de Estambul, nominalmente califa de todos los musulmanes, proclamó la yihad cuando Turquía entró en la contienda).

    El campamento de la Media Luna era la manifestación de la ‘Islampolitik’, en la que Guillermo II estaba interesado desde que visitó el imperio turco en 1898. Al emperador le había influido el barón Max Von Oppenheim, un viajero y explorador enamorado de los árabes como T. H. Lawrence, y conocía su libro ‘Die Beduinen’.

    Oppenheim cayó en la cuenta de que el Islam podía emplearse contra el imperio británico, que le inspiraba una profunda hostilidad. Radicado en El Cairo, todos los veranos viajaba a Alemania para informar al káiser sobre la evolución del Oriente musulmán. En 1906 vaticinó: «El Islam está llamado a desempeñar un papel mucho más importante en el futuro (…), pues la asombrosa energía y el empuje demográfico de las regiones islámicas habrá de tener algún día gran significación para los estados europeos».

    ¿Se está cumpliendo esa profecía en nuestros días? Apenas ocho años después de que Oppenheim la enunciara, los prisioneros del campo de Zossen empezaron a ser adoctrinados por caudillos musulmanes como el jeque Salih al Sharif, un tunecino opuesto a la dominación francesa de su país. Los alemanes lo habían reclutado para la Nachrichtenstelle für der Orient (servicio de inteligencia de Oriente) y se dedicaba a redactar octavillas en las lenguas árabe y bereber para lanzarlas sobre las trincheras donde se hacinaban los soldados norteafricanos.

    No era el único agitador islámico al servicio del espionaje alemán. «Un desfile de activistas musulmanes recorrió el campamento de Zossen con el fin de difundir propaganda relacionada con la yihad entre los presentes», escribe el historiador Eugene Rogan en su libro ‘La caída de los otomanos. La Gran Guerra en Oriente Próximo’ (Editorial Crítica, 2015).

    En el campamento de la Media Luna se editaba un periódico llamado ‘al-Jihad’ y se organizaban conferencias para martillear a los prisioneros con el eslogan de que luchar al lado de los franceses y británicos era contrario al Islam. La obligación de todo musulmán era respaldar la yihad proclamada por el sultán de Estambul.

    El resultado de esas prédicas fue que centenares de prisioneros cambiaron de bando y se presentaron voluntarios para luchar por Turquía. Eugene Rogan recoge el testimonio de un marroquí que relata cómo un oficial alemán y otro otomano dijeron un día a los soldados: «Los que quieran ir a Estambul que levanten la mano». Aquella vez solo una docena respondió afirmativamente.

    No es posible saber cuántos musulmanes pudieron empezar la Primera Guerra Mundial en los ejércitos francés o británico y acabarla en el turco (suponiendo que llegaran vivos al final). Pero, según Eugene Rogan, hubo «un constante flujo» de combatientes de Berlín a Estambul para apoyar una yihad que realmente había sido alimentada por los alemanes, cuya influencia era enorme entre los Jóvenes Turcos y su ejército.

    La idea parece tan sencilla que se copia una y otra vez: enviar soldados a campos de adiestramiento para reeducarlos y devolverlos al frente «esta vez como combatientes musulmanes y no como soldados coloniales», en palabras de Eugene Rogan.

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  • El paisaje de la reserva de Arimotxe, donde se desarrolla esta marcha.
    El paisaje de la reserva de arimotxes donde se desarrolla esta marcha./ J. Muñoz

    Este texto se publicó originalmente en El Correo en 2019

    El Shinrin-yoku es un silencioso y saludable remedio que busca despertar los sentidos aprendiendo a disfrutar plenamente del paisaje durante una caminata

    La luz otoñal se filtra entre las ramas en la Senda de los Árboles Centenarios, camino de la Fuente del Zadorra y de la Peña Roja, una cima de 1.067 metros en la sierra de Entzia, a la que se llega ascendiendo previamente a un claro donde los montañeros encuentran un refugio y un cercado de ovejas.

    Desde allí se contemplan la Llanada alavesa y sus campos recién roturados, sobre los que se alzan a lo lejos las siluetas del Aizkorri y el Aratz. La panorámica es de gran belleza, pero nuestro guía avisa de que hollar esas cumbres no es el propósito de la caminata, de unos doce kilómetros, ida y vuelta por la misma pista, perfectamente señalizada.

    Ya desde el punto de partida, un prado perdido entre las fincas agrícolas de los pueblos de Okariz y Munain, en el municipio alavés de San Millán, se nota que no tenemos un guía al uso. Ciertamente, la marcha tiene los componentes habituales del senderismo y la excursión montañera, pero incorpora otro ingrediente: el Shinrin-yoku o baño de bosque, una terapia contra el estrés y sus secuelas físicas y psicológicas basada en el contacto con la naturaleza.

    No es realmente una idea nueva. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Silvicultura de Japón la introdujo en 1982 para tratar a las víctimas del exceso de trabajo, patología que los nipones denominan ‘karoshi’ cuando desemboca en la muerte (2.310 fallecimientos por esa causa en 2015, según las autoridades de Trabajo de ese país).

    El Shinrin-yoku ha ganado millones de adeptos dentro y fuera de Japón, pero a pesar de su creciente popularidad quienes se aproximan a él por primera vez siempre se hacen la misma pregunta. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de un baño de bosque? La respuesta es relativamente sencilla: a desembotar los sentidos con las medicinas del silencio y el entorno natural, aprovechando los beneficios que ello comporta para la salud cuando esa experiencia se proyecta sobre la vida cotidiana.

    Las ventajas del Shinrin-yoku parecen tan evidentes para el ‘workaholic’ o adicto al trabajo que la aseguradora médica DKV elaboró un extenso informe sobre el tema en 2017, añadiendo un mapa de la península ibérica con escenarios naturales donde poner el baño de bosque en práctica.

    Conviene aclarar que esa terapia es mucho más que ‘desconectar’. A algunos les sorprendería lo desconcertados que pueden sentirse ascendiendo desde Munain por el camino de la Peña Roja sin decir palabra durante media hora, acompasando la respiración y las pisadas sobre el barro y los guijarros, dejándose llevar por la luz, los colores, las formas y los sonidos, hasta que el guía se detiene, se desembaraza de su mochila y pide a sus acompañantes que formen un círculo.

    El grupo –siempre pequeño, cinco personas en esta ocasión, pero lo ideal es que sean seis, ocho a lo sumo– ha cruzado un paso balizado y se ha adentrado en una campa circundada por robles carrasqueños, los arimotxes en la denominación local, un tipo de árbol históricamente desmochado para producir leña y carbón, y alimentar al ganado, y que por ese motivo desarrolla gran tamaño y siluetas casi artísticas. 

    Otro lugar del País Vasco apropiado para el Shinrin-yoku puede ser el hayedo de Otzarreta, en el parque natural del Gorbea, pero los arimotxes de Munain (que forman un conjunto con otra reserva análoga, los arimotxis, cuyo camino arranca en Okariz) son posiblemente el lugar de Euskal Herria más indicado para iniciarse en un agradable experimento que hunde sus raíces en la filosofía zen.

    A simple vista, solo a simple vista, todo comienza con una serie de ejercicios físicos, suaves giros del torso realizados con los ojos cerrados. Luego hay que abrir los párpados y  explicar cómo se percibe el entorno en ese preciso instante, indicando el sitio donde más cómodo se siente uno.

    Ya instalado en él, separado del resto, cada excursionista aguzará el oído e intentará identificar el rumor del viento que agita las copas de los árboles y otros sonidos que se superponen y se complementan entre sí, como los instrumentos de una orquesta: los pájaros, el crujir de las pisadas sobre la hojarasca, el disparo lejano de un cazador…

    «No todos lo consiguen», asegura el guía, que va explicando a su grupo, de una forma sencilla, sin solemnidades ni lenguaje de gurú o maestro, el significado de lo que todos están haciendo. Aparentemente se resume en aprender a fijarse, pero es un proceso más complejo y espiritual que eso. 

    Más adelante, siguiendo la misma metodología, hay que activar el tacto y el olfato, recogiendo hojas, tierra y ramas, y finalmente observar el paisaje, pero reparando en los detalles, en la sinuosidad de un tronco de árbol, en las siluetas caprichosas de las hojas, en los destellos cromáticos de la vegetación…

    «El baño de bosque se compone de varias fases», explica el guía. Primero, la desaceleración o adaptación al ritmo de la naturaleza; después, establecerse en el presente, en un presente continuo, y por último realimentar los sentidos e intentar transferir lo aprendido a la vida diaria.

    Pero esta solo sería una forma esquemática de describir el Shinrin-yoku, cuya finalidad última es restablecer la comunicación con el entorno, ponerla en funcionamiento casi como si fuera la de un niño que no necesita ejercitar aquello de lo que el estrés aún no le ha despojado.

    Ese verbo, ejercitar, es lo que aproxima al concepto de meditación como se entiende en la cultura oriental; es decir, un ejercicio físico, algo no alejado en cierto modo del esfuerzo necesario para adquirir el hábito silencioso de la lectura.

    La práctica de los baños de bosque está en expansión por Europa. En las sociedades occidentales urbanizadas ha aparecido en los últimos años como paliativo de un mundo fuera de quicio. En Japón, en cambio, forma parte de su programa nacional de salud desde hace cuatro décadas. La Agencia Forestal nacional ha catalogado medio centenar de espacios naturales para el Shinrin-yoku). Los nipones que los visitan confían en los efectos de los fitoncidas, una sustancia volátil que los árboles segregan para protegerse de las agresiones exteriores, mientras que en Europa la concepción del baño de bosque es más psicológica, más «relacional», según el guía.

    En cualquier caso, las potencialidades de esta terapia son numerosas. Muchas empresas la consideran útil para abordar el estrés de sus plantillas, una epidemia de nuestro tiempo, y también se perfila como una alternativa que hoteles y agroturismos pueden ofrecer a sus visitantes en los espacios naturales de los alrededores.

    Los especialistas también han destacado la eficacia terapéutica de las zonas verdes de las ciudades, aunque a nuestro guía lo que le gusta es la reserva de los arimotxes de Munain. Después de abandonarla con su grupo se dispone a poner fin al baño de bosque un poco más arriba de ese lugar, en el refugio próximo a la Peña Roja.

    Para ello pide a los caminantes que den una vuelta por los alrededores, callados y en solitario, y que confeccionen alguna cosa con lo que encuentren; hojas, ramitas, flores… Después contarán a los demás qué es lo que han querido expresar con su modesta composición y formarán un círculo para resumir las enseñanzas de la jornada, con los cencerros de las ovejas de fondo.

    A decir verdad, el rebaño siempre ha estado ahí, solo que ahora todos son conscientes de su presencia, bajo el cielo azul, limpio, con la Llanada alavesa bañada por el sol.

  • Enrique VIII.
    Enrique VIII./ Wikipedia. Obra de Hans Holbein el Joven. Dominio público.

    Este texto se publicó originalmente en la serie Batallitas de El Correo en 2017

    Llevar barba, peluca o sombrero, jugar a las cartas, abrir las ventanas, ser monárquico, rico, inmigrante chino o emplear robots, todo ha servido a lo largo de los siglos para cobrar impuestos y evitar la bancarrota

    Llama a la puerta el recaudador, el oficio más viejo del mundo. Declaración de la renta, patrimonio, sucesiones y donaciones, IVA; elija usted el impuesto que más le irrite. Sea con la excusa de una guerra o de sostener la sanidad y la educación, el contribuyente siempre ha cumplido de mala gana con Hacienda. Como la recaudación casi nunca llega para pagar los servicios públicos, la deuda de los estados es inevitable. Algunos ciudadanos acaban invirtiendo en ella lo que se desgravan en impuestos, una alternativa tanto más rentable cuanto mayor es el riesgo de impago. El mundo está hecho así.

    El primer debate fiscal de que tenemos noticia data de hace 4.500 años y tuvo lugar en Lagash, una ciudad estado sumeria situada en Mesopotamia. Un gobernador llamado Urukagina llegó al poder tras un levantamiento popular contra una dinastía bastante belicosa que había estado atosigando a los contribuyentes con tasas y tributos desorbitados. Les cobraba hasta por esquilar ovejas, más caro cuando la lana era blanca; también por divorciarse y por fabricar perfumes. Por esa vía, los burócratas y recaudadores se apropiaban del patrimonio de todo el mundo hasta que apareció Urukagina y los despidió. Suprimió la mayoría de tributos, rebajó la porción de bienes que había que entregar al morir (el impuesto de sucesiones) y consiguió que la libertad resplandeciese en Lagash; al menos, eso se desprende del texto cuneiforme -grabado en una pieza de arcilla- que unos arqueólogos franceses encontraron en el siglo XIX.

    Como dice el libro que cuenta esta historia, es cierto que ‘En Sumer empezó todo’ (Samuel Noah Kramer, Alianza Editorial). En la Antigüedad, los impuestos exasperaban a la población como ahora y no sin razón. Los egipcios no podían refritar nada en la cocina porque el faraón cobraba un tributo por el aceite y prohibía usarlo dos veces.

    Sin embargo, incluso en tiempos tan lejanos había límites que ni siquiera un monarca conectado con la divinidad podía traspasar. Ya el siglo I de nuestra era, el emperador Tiberio, un hombre disoluto en su vida privada, pero administrador sensato y poco gastador, aconsejó a los gobernadores de las provincias romanas que esquilaran a los pueblos conquistados, pero sin despellejarlos.

    Sin embargo, Roma no siempre atendió esa inteligente recomendación. En la época del emperador Vespasiano (reinó entre el 69 y 79 d. de C.) había que tributar hasta por la orina que se usaba para tratar las telas y para la limpieza bucal. La sal tenía otro gravamen, como la gasolina en nuestros días, pero siendo una fuente de ingresos importante, era limitada. La solución a ese inconveniente llegó en 212, cuando el emperador Caracalla amplió drásticamente la base de contribuyentes, el mayor incremento que se recordaba, extendiendo la ciudadanía a todos los habitantes del imperio.

    De un plumazo, 25 millones de individuos tuvieron que pagar el impuesto de sucesiones, una medida que celebramos como un hito de la civilización, aunque su objetivo más inmediato fue presupuestario y ayudó a aplazar la crisis del imperio en el siglo III (según Keynes, presupuesto y vida civilizada son lo mismo).

    Vespasiano y Caracalla aparecen citados en el libro ‘Cuando el hierro era más caro que el oro’ (Ariel, 2016). El autor, Alessandro Giraudo, explica los fundamentos de la economía con sesenta pinceladas históricas que van desde la aparición del papel moneda en China en el siglo IX al nacimiento de los bancos centrales en Europa para financiar las guerras. Uno de esos capítulos se detiene en los impuestos con los que monarquías y repúblicas han tratado de evitar la bancarrota, alguno de ellos inimaginables en el siglo XXI y a los que en todo caso se atribuye el desplome de imperios milenarios (es la opinión de Edward Gibbon respecto a Roma).

    Al leer a Alessandro Giraudo el lector queda sorprendido ante la desbordante imaginación desplegada por reyes, tiranos y reformadores de otro tiempo para ejecutar políticas fiscales que no difieren esencialmente entre sí ni tampoco de las actuales. Por citar un caso, los impuestos sobre las energías renovables y el autobastecimiento con paneles solares tienen un antecedente lejano en 1789, el año en que estalló la Revolución Francesa y a los ingleses les prohibieron fabricar sus propias velas.  Tuvieron que comprárselas y abonar un gravamen por ellas, y eso que soportaban otro tributo por el jabón desde la Edad Media.

    Cuando se trataba de recaudar, cualquier pretexto valía en Inglaterra, donde la piel de los contribuyentes se volvió muy sensible. Era lógico, porque en el siglo XVI, Enrique VIII empezó a cobrar al súbdito que se dejaba barba un tanto según su dignidad social. Su hija, Isabel I, decretó que el vello facial tributara a partir de las dos semanas sin afeitar, una idea que copiaría el zar Pedro I durante los siglos XVII y XVIII, cuando el bigote y el mentón rasurado se popularizaron en Rusia (a los popes ortodoxos no los obligaron a afeitarse).

    La moda fue y sigue siendo una fuente de ingresos fiscales inagotable (el lujo, que hoy denominamos desigualdad, es un problema político desde la época clásica). Cuando Inglaterra gravó los sombreros en 1784, los fabricantes les cambiaron el nombre hasta que las autoridades dijeron basta y obligaron a tributar por cualquier adorno que un varón o una mujer llevaran en la cabeza. Los polvos para pelucas también pagaron su peaje fiscal, igual que otros artículos suntuarios como las lámparas y los adornos de vidrio. Se trataba de recaudar entre los más ricos, los que podían permitirse esos dispendios, pero la producción se deslocalizó a Irlanda (entonces también era fiscalmente más atractiva). El cristal se encareció y las familias pobres dejaron de usarlo en las ventanas, lo que las condenó a la insalubridad y la oscuridad hasta mediados del XIX.

    Otro efecto inesperado lo produjeron los impuestos sobre la construcción y las viviendas. En nuestros días, los alcaldes los usan para financiar los servicios municipales y han contribuido a crear un mercado inmobiliario que obliga a los vecinos a endeudarse de por vida para comprar un piso mientras les ofrecen piscinas casi gratuitas. En la guerra anglofrancesa de mediados del XVIII y durante las guerras napoleónicas, la Corona británica necesitaba pagar a los soldados y con ese fin creó un tributo por cada mil ladrillos. De inmediato, albañiles y maestros de obras empezaron a hornearlos más grandes, pero el fisco estableció un tamaño máximo y subió los tipos impositivos una y otra vez.

    Se repitió lo que había ocurrido unas décadas antes con el impuesto sobre las ventanas (window tax), el antepasado del impuesto de bienes inmuebles. Entonces era progresivo, de manera que declaraba exentos los edificios de hasta un número determinado de ventanas y a partir de ahí fijaba cuantías crecientes por tramos. Como era de esperar, los propietarios cegaron todas las ventanas que pudieron y pintaron trampantojos. El aire de las casas se hizo irrespirable y la salud pública empeoró. De todos modos, ese ambiente malsano no impedía jugar a los naipes, y las cartas tributaban (lo hicieron en Inglaterra desde la dinastía de los Tudor hasta 1960).

    Si ese vicio era útil para Hacienda, ¿por qué no las ideas perniciosas? ¿Le podían cobrar a alguien por ser populista, separatista, unionista, consitucionalista, nacionalista, marxista o neoliberal? El terreno lo exploró el puritano inglés Oliver Cromwell, que decapitó al rey Carlos I en 1649. Instauró una república en Inglaterra (Commonwealth) y reclamó a los partidarios de la monarquía un tributo equivalente al 10% de su patrimonio. Resultaba irónico, porque hasta que Cromwell cambió las reglas los parlamentos había tratado de poner coto a los impuestos que reclamaban los monarcas.

    Sin embargo, a lo largo de la historia, no sólo la ideología ha despertado la voracidad del fisco. Las mismas personas también. A finales del XIX, Canadá creó un impuesto por cada chino que llegaba para construir el ferrocarril (Chinese Head Tax) y no lo suprimió hasta 1923, cuando el Gobierno liberalizó la entrada de trabajadores en el país. Actualmente, el Parlamento europeo analiza si los robots que sustituyan a los trabajadores tributarán en el futuro, incluso si el empresario debería cotizar a la seguridad social por ellos.

    Queda patente, pues, que es posible gravar prácticamente cualquier cosa si las cuentas públicas lo exigen. Franklin D. Roosevelt abolió la Ley Seca en Estados Unidos para recabar fondos del consumo de las bebidas alcoholicas y poner en marcha los programas sociales de la Depresion. El Gobierno de Rajoy introdujo un impuesto sobre las bebidas azucaradas, en esta ocasión con argumentos sanitarios. Pero la Alemania de los años treinta del siglo pasado hizo lo mismo con el agua mineral.

    Todo sea por evitar la bancarrota.

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  • George Washington De Long, enviado al Ártico por el editor James Gordon Bennett, jr.
    George Washington De Long, enviado al Ártico por el editor James Gordon Bennett, jr./ Wikipedia. Dominio público

    Este texto fue publicado originalmente en la serie Batallitas de El Correo en 2016

    ¿Por qué un lugar perdido del Ártico lleva el nombre de un editor de periódicos? La isla Bennett recibió ese nombre en honor del propietario del ‘New York Herald’, James Gordon Bennett jr., mecenas de una heroica expedición al Polo Norte que rindió grandes frutos a la ciencia entre 1879 y 1882 -reveló que una corriente recorre el Ártico de este a oeste-, pero se cobró las vidas de 19 de sus 33 integrantes, incluida la de su desdichado capitán, George Washington De Long.

    Fue una historia trágica y romantica que conmovió a la opinión pública y conmocionó al propio Bennett, aunque también cumplió su objetivo: aumentar las ventas de su periódico. Los detalles del desastre se conocieron gracias a un diario de De Long hallado durante la búsqueda de los desaparecidos y adquirió tintes de epopeya al ser descubiero su cadáver bajo la nieve, con el brazo derecho ligeramente levantado y un dedo señalando al firmamento.

    La expedición se gestó en 1878, cuando el dueño de ‘Herald’ viajó a Europa para comprar un barco y adaptarlo a la navegación por el Ártico. A Bennett le había fascinado una teoría del geógrafo alemán August Peterman, según la cual el Polo Norte estaba en el centro de una masa de agua circundada por un anillo de hielo. El millonario escogió a De Long, un explorador veterano, para que verificara esa hipótesis. Antes eligieron juntos el navío llamado a realizar el proyecto, el ‘Pandora’, una antigua cañonera de la Armada británica que ya había sido utilizada en otras exploraciones polares y fue rebautizada como ‘Jeannette’, una hija de Bennett.

    El ‘Jeannette’ zarpó de San Francisco el 8 de julio de 1879 hacia el estrecho de Bering con treinta oficiales y marinos de la Armada estadounidense y tres civiles a bordo. Su última comunicación con Washington tuvo lugar el 27 de agosto desde la bahía de San Lorenzo, en Siberia. Ese mismo verano avanzó por el mar de Chukchi hasta que la banquisa aprisionó el navío al norte de la isla Wrangel, empujándolo al noroeste durante dos años, periodo en el que la expedición se dedicó a tareas científicas. En mayo de 1881 descubrió el archipiélago que hoy se llama De Long (formado por las islas Bennett, mencionada al principio, Jeannette y Henriette).

    Sin embargo, aquel encierro ártico se volvió crítico a finales del verano, cuando la presión del hielo destruyó el ‘Jeannette’. En septiembre, los expedicionarios se repartieron en tres botes para navegar a tierra firme, al delta del río Lena, en Siberia, pero una tempestad los dispersó.

    Uno de los grupos zozobró y nunca más se supo de él. Otro, liderado por el ‘número dos’ de la expedición, George Melville, logró salvarse, mientras que el tercero, doce individuos y un perro encabezados por De Long, fue diezmado por el hambre y las bajas temperaturas en los meses siguientes.

    De Long ordenó a los dos hombres de su grupo que aún conservaban fuerzas que partieran en busca de ayuda. Ellos tuvieron suerte y dieron con Melville, que había encontrado un asentamiento nativo, pero era demasiado tarde para los que habían quedado atrás.

    Fue Melville quien halló los cuerpos de De Long y de dos expedicionarios en marzo de 1882, tras un intentona anterior en la que apareció el diario del capitán, entre otros documentos. La última entrada decía: «Mister Collins se está muriendo…».

    Melville erigió un túmulo de piedras en el punto donde expiró De Long, un lugar llamado Mat Bay, en Yakutia. Luego marchó a la ciudad siberiana de Irkutsk, dando por concluida la expedición del ‘New York Herald’.

    Sin embargo, lo que quedó del ‘Jeannette’ continuó vagando por el Ártico. En 1884, algunos restos fueron identificados al sudoeste de Groenlandia, un hallazgo que impulsó al noruego Fridtjof Nansen a organizar la legendaria expedición del ‘Fram’ al Ártico.

    El ‘Fram’ (Adelante) era un barco con un casco especial en forma de nuez para resistir el hielo. En 1893, Nansen zarpó de Noruega hacia las islas de Nueva Siberia para dejarse atrapar por el hielo, pensando que la deriva lo llevaría al Polo Norte. Después de esperar dos años sin resultados decidió lograr su objetivo en trineo y kayak, pero tampoco tuvo éxito y deambuló por el Ártico hasta la Tierra de Francisco José, donde encontró al explorador Frederick Jackson.

    El ‘Fram’ fue arrastrado por la banquisa hasta las aguas libres del Mar el Norte y regresó a Noruega en 1896. Así se confirmó, como habían sugerido los restos del ‘Jeannette’, que existía una corriente de este a oeste en el Ártico, contribución que había costado la vida a De Long y a más de la mitad de sus hombres. En el cementerio de la Escuela Naval de Annapolis un monumento recuerda al capitán del ‘Jeannette’.